Hoy quiero gritar. Gritar a la locura mundana que asola las calles, a la emética fragancia de lo igualable, lo imitable, lo normal.

Señores hoy deseo llorar por haber nacido bajo la cúpula celeste, deseo llorar porque el mundo ya no es para mi residencia sino prisión -prisión infranqueable, con barrotes de inmoralidad y decadencia-. No puedo soportar más la tortura de los días, la demencia de los sucesos. "Muerta una joven a manos de su cónyuge", "Un nazi asesina a un adolescente", "Atentado terrorista" son un pequeño reflejo de nuestras miserias, de la triste realidad que cautiva a nuestro mundo y nosotros, tristes seres, aletargamos nuestro oídos ante la barbarie, escuchando las monstruosidades terrenales mientras gozamos del pollo con guarnición. ¡Ya no queda esperanza!¡Ya no hay redención!

El episcopado se cuela en nuestras pantallas para criticar la reprobable conducta sexual de los jóvenes; la oposición pone en tela de juicio la actuación del negligente gobierno en materia de economía y el gobierno contraataca con acusaciones a la oposición. Y con el segundo trozo de carne llegan los asesinatos, las devastadoras matanzas, las almas yermas del infierno terrenal y un simple "la gente está loca" sirve para condenar las tristes palabras que un locutor enuncia sin mostrar el menor rasgo de tristeza.

Luego llegan los deportes, España gana el mundial, Zapatero gana unos días de olvido, la oposición gana tiempo para preparar sus improperios y el mundo gana un corazón hueco...